Descubriendo el Alto Valle: Recorriendo la Ruta 22 de Neuquén a Chichinales

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ruta 22

Casi sin darme cuenta estaba en el aeropuerto de Neuquén. El vuelo desde Buenos Aires había sido un relámpago. Pero no era un viaje más, como los que estaba acostumbrado a realizar por trabajo. Era un viaje de turismo: descubrir el Alto Valle a través de la ruta 22 desde Neuquén hasta Chichinales. Tenía dos días para conocer en profundidad poco más de 100 kilómetros de esta ruta emblemática del Alto Valle del Río Negro.

Por Marcelo Barrios

Salir del aeropuerto de Neuquén sin pensar en trabajo fue un placer para mí. Me subí al transporte que había contratado y ahí empezó mi aventura.

Los pocos kilómetros desde el aeropuerto hasta cruzar el famoso puente Neuquén-Cipolletti que separa la provincia de Neuquén de la de Río Negro, pasaron rápidamente conversando sobre el calor que iba a hacer durante esos días de fines de la primavera. Llegamos al puente y ahí nos detuvimos, para tratar de apreciar el paisaje y comenzar a disfrutar la experiencia de los dos días que tenía por delante. Estábamos en el kilómetro 1216.

Siempre había pensado que el río que divide ambas provincias a través de la ruta 22 era el famoso río Negro. Pero estaba equivocado, en realidad es el río Neuquén. Por suerte, todos los días se aprende algo nuevo. Luego de pasar el puente, que de por sí, es maravilloso, llegamos a la famosa rotonda de Cipolletti, donde a cualquier hora del día siempre hay mucho tránsito. Nos dirigímos hacia General Roca, distante unos 40 kilómetros. El paisaje de ciudad quedó a un lado. Plena ruta 22 y una fisonomía distinta. A cada lado del camino se podía apreciar las diversas empresas dedicadas a la producción y comercialización de frutas. Eso sí, me sorprendió la cantidad de vehículos que circulan por la ruta, y recién era media mañana. Imposible imaginarme lo que puede ser a primera o última hora del día.

Primero pasamos por Allen, a 16 kilómetros de la ciudad de Cipolletti. Es conocida como la ciudad de las peras, donde se hace el festival anual y también como la capital del ciclismo, por la famosa competencia: la Vuelta del Valle. Desde allí faltaban 25 kilómetros para llegar a mi primer objetivo: General Roca. El paisaje cambia nuevamente, ya no se ven tantas fábricas o empresas de frutas, sino que se está inmerso en algo más natural, es el comienzo de la zona de chacras. A ambos lados del camino vemos las infinitas hileras de álamos, con todos sus colores, sus distintos tonos de verdes. Son barreras para proteger la calidad de la producción de la fruta de los vientos del verano. Más allá de esto, son muy bonitos, y caracterizan la zona. Imposible olvidarse de este maravilloso paisaje.

El kilómetro 1176 marca la llegada a General Roca. Decido parar a almorzar en La posta de la Casona, un clásico que nunca me ha fallado. Para mí, una de las mejores parrillas de toda la ruta 22. Pero primero me tiento y entro en la oficina de informes turísticos, justo al lado del restaurante, excelente lugar donde encontré alguno de los mejores regionales de la zona.

Almorzar en la Posta de la Casona me permite disfrutar de las mejores carnes, en un ambiente relajado y confortable, con muy buena atención. Eso así, más allá de las carnes, no debe evitarse pedir la clásica entrada de embutidos caseros. Inmejorable. Detrás del restaurante, está el hotel, que hace honor al nombre: La Casona. Un antiguo cabaret de la zona, totalmente renovado, con la mejor infraestructura, para un descanso como Dios manda. Ya lo experimenté en varios viajes por trabajo. Vale la pena.

Después del opíparo almuerzo, pensé que era el momento ideal para una siestita debajo de un álamo, para protegerme del calor y escuchar el sonido de sus refrescantes ramas. Pero había que seguir. De vuelta a la camioneta, aire acondicionado y a continuar el viaje.

Estar en el Alto Valle significa también hablar de vinos, así que el siguiente programa fue visitar  una bodega. Regresamos unos mil metros por la ruta 22, en sentido a Neuquén para conocer la Bodega Canale, en la chacra 186 y distante a 8 kilómetros de Roca. Llegué casi justo para la visita guiada de las 16 horas.

Me encontré con una bodega caracterizada por una casona antigua con más de 100 años. Y una de las primeras bodegas de nuestro país. Mi experiencia comenzó conociendo el proceso del vino, visitando los toneles y finalizando con una degustación en el museo del vino.  Yo pensaba en vino, en Mendoza, en Salta, pero la verdad acá encontré también excelentes vinos…y quizás hasta mejores. Obviamente, me tenté al pasar por la tienda de la bodega, me llevé dos botellas de Marcus Pinot Noir. No podía dejar pasar la ocasión.

Volvimos a la ruta al atardecer, todavía con mucho calor, camino a Villa Regina. Al llegar a la ruta 22, nos encontramos con Bomfrut, de la familia Espinosa. Y decidimos parar. Valió la pena. Se trata de una pequeña empresa familiar, dedicada a la fabricación y comercialización de bocaditos de manzana, cubiertos con chocolate, o surtidos con higo, uva y nuez. Para mí, lo mejor: las trufas de chocolate. Y por supuesto, acepté probar el licuado de manzana…exquisito.

Nos quedaban 36 kilómetros hasta llegar a Villa Regina, donde pasaríamos la noche. Un atardecer único, naranja fuerte, nos sorprendió al salir de Bomfrut. Decidí quedarme un minuto admirando ese espectáculo. Imposible describir las sensaciones y emociones que pasaron por mi mente.

Dormimos en La Esmeralda, esplendido hotel en el kilómetro 1128 de la 22, pasando Regina, camino a Chichinales.

Nos despertamos y luego de un excelente y abundante desayuno, salimos a recorrer un poco la ciudad. Me sorprendió la vista que tenía frente a mis ojos. Elevaciones de roca sedimentaria, que muestran por medio de las erosiones fluviales y eólicas como se fue armando el valle. Son las llamadas “bardas” que caracterizan toda la zona y le dan un paisaje particular que se destaca a la distancia.

Luego de un breve recorrido, partimos hacia la ciudad de Chichinales a poco más de 10 kilómetros de Villa Regina. Esta pequeña ciudad es también llamada el Portal del Valle, ya que es la última localidad del Alto Valle, antes de entrar en el Valle Medio. Apenas pasamos la ciudad, nos encontramos con un paisaje totalmente diferente. La sensación fue como pasar del día a la noche. Dejamos atrás las alamedas, las bardas, para llegar a una planicie, bien característica del paisaje de la Patagonia, sin árboles y solo pequeños arbustos.  Ahora no me quedaba duda: estaba realmente en el Valle Medio.

Habíamos recorrido poco más de 100 kilómetros desde la ciudad de Neuquén y era el momento de comenzar el regreso. Mi vuelo a Buenos Aires salía al caer la noche. Eso sí mi objetivo estaba claro: después de tantos kilómetros tenía que terminar este viaje conociendo el famoso río Negro. Me habían comentado que uno de los mejores lugares era el balneario conocido como Fortín Lagunita, cercano a la ciudad de Ingeniero Huergo. Hacia ahí nos dirigimos entonces o, por lo menos, lo intentamos. No sabíamos exactamente dónde era, así que nos perdimos un par de veces hasta dar con el camino correcto. En uno de esos intentos, el camino elegido nos llevó al margen del río Negro, donde nos encontramos con una verdadera balsa para subir nuestro vehículo. La verdad iba a ser toda una aventura, pero desistí pensando que pasaría si nos quedábamos varados o teníamos un problema cruzando el río. Estas pequeñas balsas son bastantes habituales en varias zonas del río Negro, ya que permiten el paso hacia las llamadas islas, donde principalmente se cría ganado. La vista del río me sorprendió tanto en su amplitud como en sus colores y formas. Curva y contracurva hacían un paisaje único.

A la altura del kilómetro 46 nos encontramos con un camino de chacras, al igual que las seguramente decenas que hay a lo largo de todo este tramo de la ruta 22. Es un paisaje de alamedas, verdaderos paseos de álamos protegiendo plantaciones de manzanas y peras. La verdad es que estábamos cerca del mediodía y la tentación de comer una manzana recién arrancada del árbol fue superior a cualquier ética. Y sí, me comí una excelente manzana directamente del Alto Valle del Río Negro.

Recorrimos un par de cientos de metros desde la ruta y llegamos al balneario Fortín Lagunita, ideal para las familias. El mismo recorre casi mil metros de la costa del río Negro y su zona de playa cuenta con un guardavidas. Es el lugar ideal para los deportes náuticos: desde los paseos en kayak hasta las tranquilas flotadas por el río Negro. Y ni que hablar de la pesca.

Regresando desde Ingeniero Huergo y continuando con nuestro regreso a Neuquén, nuestra última parada sería en la localidad llamada Paso Córdova para conocer el Valle de la Luna. Para eso tomamos la ruta 6 en dirección sur, justo donde habíamos almorzado el día anterior. Luego de 8 kilómetros pasamos el puente sobre el río Negro, donde antes solo se podía cruzar en la balsa del señor Córdova, de ahí su nombre. Continuamos 4 kilómetros y llegamos al Valle de la Luna. Me sorprendió la cantidad de recursos naturales que se encontraban en sus restos fósiles y por supuesto, encontrar al río Negro rodeado de bardas. Un paisaje sorprendente, donde el paso de los siglos, la erosión del viento y la lluvia, lo transformaron a algo diferente que contrasta con el verde las chacras cercanas.

Del Valle de la Luna, directo al aeropuerto de Neuquén para no perder mi vuelo. No me quedaba más tiempo, aunque me hubiera gustado un poco más. Habían sido dos días inmemorables, con un recorrido de poco más de 100 kilómetros. Descubrí en profundidad una ruta 22 para mí desconocida. Y valió la pena.

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