Florería Atlántico

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En Retiro, donde a principios del siglo pasado llegaban miles de inmigrantes de distintos países de Europa, el bar Atlántico rinde tributo a una época y se posiciona como uno de los mejores bares del mundo.

Faltan apenas unos minutos para las 19 hs. y un grupito de personas se agolpa a la espera de la apertura del local. Lo que para el transeúnte desprevenido puede ser algo incomprensible, ya que nos encontramos a las puertas de una florería cerrada, para nosotros (los que allí esperamos) es una escena vivida o, al menos, conocida por alguna palabra amiga o nota periodística. Y es que ese espacio con cierto aire minimalista, con flores y botellas de vino expuestas para la venta, esconde un secreto no tan secreto que se devela cada noche, a la hora señalada (días hábiles a las 19 y sábados, domingos y feriados a las 20).

La puerta se abre y el perfume de las flores se apodera del olfato mientras nos dirigimos hacia la otra puerta, la que simula una cámara frigorífica y que, en cierto modo, nos brinda la sensación de estar viviendo una situación típica de película de espionaje. Detrás de ella, una escalera hacia el sótano no sólo nos conduce al bar, sino que nos transporta a otra época, a principios del siglo pasado, a tiempos de inmigrantes. Ese es el espíritu de Florería Atlántico, el bar ubicado en la calle Arroyo 872, creado hace apenas tres años por Renato “Tato” Giovannoni y Aline Vargas.

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Florería Atlántico no es un bar más. Lo más sencillo para aseve­rarlo es indicar que durante dos años consecutivos (2013 y 2014) fue seleccionado entre los “50 mejores bares del mundo” y el “Nº 1 en Latinoamérica y Caribe” por la revista Drinks International, donde votan referentes de la industria gastronómica de todo el mundo. Pero son muchas más las razones que lo convierten en una visita obligada en Buenos Aires para los amantes del buen beber y comer. Entre e­llas,­­­ se destaca el hecho del concepto “bar argentino de inmigrantes” que dio origen a una decoración particular, a las paredes dibujadas con animales mitológicos –obra de Tato-, a la parrilla a la vista –algo argentino y bien de antaño, cuando se cocinaba a las brasas-, al aire marino que respiraron todos aquellos que se aventuraban al mar rumbo a América y que se traduce en una carta de platos donde priman los pescados y frutos de mar.

Como no puede ser de otra manera, en este bar donde todo está pensado hasta el mínimo detalle, la carta de tragos está dividida en las corrientes migratorias de los años 20. Italia con sus aperitivos, spritz, café nero y hasta una panna cotta líquida; Inglaterra con sus tragos a base de whisky y gin; y así pasan Francia, Polonia, España, hasta llegar a los criollos (una fusión de ambos mundos). Los clericós también tienen su lugar y son reivindicados en esta carta preparada por un equipo liderado por Sebastián Atienza, reconocido barten­der, jefe de barra y encargado que ocupa hoy el lugar de su colega y amigo Tato, quien actualmente prepara el desembarco de Florería Atlántico en Rio de Janeiro.

Hace falta más de una visita para abarcar la carta y probar los 40 sabores que se renuevan cada cinco o seis meses y sorprenden por sus combinaciones y creatividad. La próxima promete, entre otras cosas, una granita de Cynar con menta y frutilla o pochoclo de Campari con naranja. Por supuesto, no faltan los “clásicos” al gusto del comensal o según la versión atlántica. Entre estos últimos, se destaca el Gin tonic preparado por Ivo Chiodo (otro de los bartender), ya que si algo le fal­taba a este lugar era tener sus propios productos, como el agua tónica y el ginger ale Pulpo Blanco o el gin Príncipe de los Apóstoles. Este último, el primer gin argentino hecho con yerba mate, eucalipto, peperina y pomelo rosado, se aleja de las notas típicas invernales de las bayas de Enebro que distinguen a los gins británicos y tiene una graduación alcohólica un tanto menor, lo que se traduce en un gin tonic fresco e ideal para los no-amantes de este clásico (se recomienda probarlo). Y si se quiere vivir la experiencia completa, los tragos se pueden acompañar con alguna de las exquisitas recetas de Sergio Caro, el chef de este bar, que sorprende con la pesca del día, el pulpo a la plancha o el pejerrey al escabeche, todos ellos realizados con productos de pri­merísima calidad y verduras orgánicas.

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Entre tanto despliegue, la noche avanza, la barra se colma y los 80 asientos disponibles obligan a la reserva previa (48 horas) si lo que se quiere es estar sentado a la mesa. Este último es un detalle a tener en cuenta para disfrutar de una experiencia única y ese aire místico que se respira en este, uno de los mejores bares del mundo, y que el poe­ta y amigo de la casa Martín Auzmendi sintetiza en estas palabras: “Ellos pasaron a ser Buenos Aires y Buenos Aires nunca más dejó de ser parte de ellos. En esa ciudad frágil y voluptuosa los bares fueron puertos en el puerto, muelles donde saciar la sed, noches donde ponerle palabras a la historia, vasos donde mezclar las bebidas que cruzaban el Atlántico”.

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