Buenos Aires secreta: Manoblanca.

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Una mítica esquina de Nueva Pompeya (entre las calles Del Barco Centenera y Tabaré), cuna del tango Manoblanca, atesora entre las paredes de un museo tanguero parte de la cultura porteña.

Por Javier Maldonado

A principios de siglo XX, muchos carreros porteños que trabajaban en el Once o en Boedo cruzaban el terraplén arribando a Nueva Pompeya para reparar su chata o herrar los caballos con Don Antonio Musladino, un noble herrero que tenía su negocio en la esquina de Centenera y Tabaré. Por aquel entonces Nueva Pompeya era pampa de yuyos, baldíos, pantanos y agua de lluvia corriendo por zanjas que los tubos del progreso no acertaban a contener. Frente a la herrería de Musladino, en el otro vértice de la esquina de Centenera y Tabaré, funcionaba el colegio Luppi, una pequeña institución que había fundado el educador italiano Francisco Leoni y que tenía viviendo de pupilo a un niño letrado y soñador, estudiando cada día y durmiendo cada noche en su atalaya, observando cual centinela desde su ventana cómo los carreros ataban las caballerías al bagual y daban tráfico a la avenida Centenera ya por entonces manida y desde siempre pantanosa.
Por su parte, el siglo fue tejiéndose entre tumbos y a raudas velocidades, el nuevo mundo desarrolló nerviosamente sus revoluciones sociales, sus programas económicos, sus guerras mundiales, la ciencia, el arte, la tecnología; Buenos Aires fue creciendo relativamente a ese compás y nuestro niño de Pompeya concluyó los estudios primarios, se enamoró, se mudó de barrio y porque ya era un hombre atorranteó en atardeceres con Cátulo Castillo y con Julián Centeya. En un estado constante de hiperactividad y resistencia le dedicó su vida al periodismo y a las letras, se hizo famoso en Buenos Aires llevando una vida pública y política, fiel militante a favor de las ideas de Yrigoyen, humanista y pensador en la agrupación F.O.R.J.A., enemigo de Alvear pero más tarde amigo de Perón, letrista y trabajador que poco a poco, tango a tango, fue configurando un elegante y copioso cancionero de nuestra literatura nacional.
El hecho de haber pasado su niñez en el barrio de Pompeya fue lo que le permitió fantasear sobre el mito del sur circunscribiéndose a visiones de infancia, a sus valiosos testimonios del arrabal orillero, como si para inventar tangos solo tuviera que haber cerrado los ojos y recordar el universo que se abría cuando de niño contemplaba la simpleza del farol del almacén, del sucio corralón, del tren silbando a un costado del riachuelo. Digo esto porque así fue como escribió el célebre tango “Manoblanca”, rememorando la escena de un carrero que una noche vio salir apurado con su chata celeste y coqueta, alentando y azotando a dos lados a sus dos caballos para que se esfuercen en llegar pronto a la barranca, pues detrás de ella lo estaban esperando los ojos de una mujer.
Concretamente, además de ser a priori un homenaje al carrero, Manoblanca es una consideración a ese mítico punto de cuatro esquinas en Centenera y Tabaré; secretamente, y tal vez sin presumirlo, Manoblanca es una vindicación del sur como punto neurálgico y matriz fundamental para su obra y, por añadidura, para toda la música rioplatense. Los vecinos de Buenos Aires entendieron la importancia de estos asuntos y decidieron bautizar esa esquina como “La esquina de los Poetas”, donde el polaco Gregorio Plotnicky abrió el museo “Manoblanca” para que el foráneo pueda desglosar el mundo perdido de Pompeya con pertenencias, recuerdos, fotografías y escritos de aquel niño romántico, que por cierto se llamaba Homero Manzi. Frente a este museo, bajo el remoto colegio Luppi, funciona aún el bodegón “El Buzón”, distinguido como Bar histórico y Notable de la ciudad aunque, en mi opinión, lo más pintoresco y preciado del lugar es la ochava que aún conserva intacta la ventana del colegio que da al atalaya donde el niño dormía. Les aseguro que mirar a través de ese cristal no es sólo ver la escena de Manoblanca en un solo vistazo, sino también entender el paisaje en un cuadro del 1900, todo aquello que se llamó arrabal y lo que ha representado el arrabal para el desahuciado inmigrante que hizo de unas simples orillas de fango una ensoñadora acuarela, un eterno canto a la nostalgia llamado Tango.

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