Italia: el irresistible atractivo de los Centros Menores.

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Un viaje al sur profundo de Italia nos demostró que los centros menores encierran sorpresas y maravillas.

Por Guido Minerbi / Fotos: Marcelo Barrientos y Shutterstock

Il “Bel Paese”
Nuestros hermanos uruguayos hablan con gran afecto de su pequeño gran país y lo describen como “el paisito”. Cada destino tiene características esenciales, así como el castellano tiene su letra exclusiva y patentada: la ñ. Los italianos definen su país como Il Bel Paese (El Bello País). Italia conjuga espectaculares bellezas naturales, arquitectónicas, monumentales y artísticas que la ponen a la cabeza de cualquier ranking. Según la UNESCO, en Italia se encuentran más del 80% de las obras de arte producidas a través de los siglos por la humanidad. Por eso, Italia rebalsa de turistas de todo el mundo, todo el año.

Primerizos y viejos lobos de mar
Quienes visitan Italia por primera vez no se sustraen al irresistible magnetismo de las cittád’arte (ciudades de arte) como Venezia, Firenze, Roma, Milano, Torino, Pisa, Siena y Perugia. Los más experimentados, si bien siguen recorriendo estos destinos que no dejan de cautivar a quien los visita, se inclinan por destinos menos frecuentados que permiten revivir el asombro. Con la idea de internarse en la sociedad, en la cultura y los placeres de Italia, estos “lobos de mar en tierra firme” siguen el sabio consejo de los italianos que se dedican a visitar, recorrer y disfrutar los que han bautizado centriminori (centros menores). Se trata de núcleos urbanos más pequeños -fuera de los habituales derroteros turísticos- que permiten un disfrute intenso y personalizado de su belleza.
Fue así que la agencia Verdesicilia, operador de esos que conocen la zona y manejan datos precisos,nos invitó a conocer algunos centriminori de Italia Meridional, sobre el costado Adriático de la península, empezando por la pantorrilla y llegando hasta el taco.

Ezeiza, Roma, Brindisi
Nos encontramos algo después del mediodía en Ezeiza, abordando el vuelo de Alitalia -la única que ofrece vuelos non stop- que nos llevó hasta el aeropuerto romano Leonardo da Vinci. Allí un rápido vuelo de cabotaje nos llevó hacia la próxima escala: Brindisi. No parece casual que la sigla de la línea de bandera italiana sea AZ: su red capilar de cabotaje permite recorrer todo el país “de la A a la Z”.
Brindisi, activísimo puerto italiano que conecta Italia con Grecia, Albania, Turquía y la cuenca del Mediterráneo es atractiva pero no estaba incluida en nuestro tour. Aun así no quisimos privarnos de pasar por un hito histórico: la agraciada columna romana supérstite de las dos erigidas hace siglos al final de la Via Appia, el gran camino que unía Roma con Brundisium. Aguerridos guerreros y hábiles comerciantes, los romanos valoraron de inmediato la ubicación estratégica de ese puerto.

Lecce – la Florencia del Sur
Nos dirigimos por tierra a Lecce (pronunciado como “leche”). Llegamos por la tarde a esta maravillosa ciudad de Puglia (Apulia), que muchos definen como “la Florencia del Sur” por la abundancia de monumentos, edificios, palacios e iglesias barrocos, levantados entre los siglos XVI y XVII. Se trata allí de deleitarse con el barocco leccese y plantearse si el término de “centro menor” no le queda chico.
Después del vuelo desde Buenos Aires, la conexión a Brindisi y el viaje por ruta, al llegar teníamos tres deseos: instalarnos en el Patria Palace Hotel y pegarnos una reparadora ducha, cenar y regresar para entregarnos al descanso. El dueño -y alma- de la trattoria (restaurante pequeño, atendido por sus propios dueños y familiares directos) nos aconsejó probar el plato regional por excelencia. Descubrimos las orecchiettealla cima di rape. Las orecchiette son pequeños fideos con forma de orejitas (de ahí el nombre), típicos de Puglia, condimentados con cima di rape que, en la Madre patria, se conocen como grelos, vegetal de hoja de la familia de la acelga o la espinaca. La somnolencia no impidió el disfrute de las orecchiette, seguidas por un sublime fritto misto di mare (fritura mixta de pescado del día y mariscos), ni que dejáramos de acompañarlas con uno de los tantos exquisitos vinos de la región. Ya en el hotel, tratamos de dormir y soportar el efecto del jet lag. Gajes del oficio…¡lo importante era que descubriríamos una Italia desconocida y mágica!


Lecce y Gallipoli
La mañana siguiente comenzamos a explorar esos centros menores y sus maravillas fascinantes, en un ámbito de intimidad. Los organizadores del viaje sabían lo que hacían y nos expusieron al estilo baroccoleccese, incluyendo la iglesia de Sant’Oronzo, la Basílica de la Santa Croce y el majestuoso Palazzo Celestini. Más antiguos e imponentes, el clásico anfiteatro romano del Siglo II DC y la columna de Sant’Oronzo -de 29 metros de altura- desde cuya cima el santo observa su ciudad. Rápido almuerzo -el tiempo es oro con tanto por ver- y nos dirigimos a Gallipoli, espléndida joya rodeada de altas murallas, asomada al otro mar que baña el taco de la bota. Su núcleo histórico ocupa una pequeña isla conectada por un viejo puente a la Italia peninsular. Parece flotar sobre el Mar Jónico, en el Golfo de Taranto, la eterna rival de Lecce. Con tantas costas, Puglia es famosa por sus antipasti di mare y ése fue nuestro almuerzo en Gallipoli. Nuestra mesa rebalsó de pescados y mariscos que hicieron superfluo pedir otro plato. Nada de postre para cuidar la línea, un espresso ristretto y vuelta a rodar. Regresamos a la nochecita a Lecce, directamente a cenar y luego al hotel en busca de un reparador descanso.

Un desayuno “leccese” inolvidable
La mañana siguiente imitamos a la gente de Lecce. Nos recomendaron un bar mezcla de cafetería y pastelería, que inundaba la calle con un aroma de café recién molido que despertaba los sentidos y abría el apetito. Pedimos un cappuccino (que nos quedó corto y enseguida pedimos otro más) con un pasticciotto leccese. Describir la calidad y la variedad que puede asumir este pastelito merecería una enciclopedia: hay más de 300 variedades, que pueden contener piñones, almendras, avellanas, pistachos y quién sabe cuántas otras delicias. Primerizos, pedimos consejo al barista: nos recomendó el pasticciotto más tradicional. Circular como una pequeña tarta, es de fina pasta frola rellena con deliciosa y tibia crema pastelera: un manjar. No pudimos comer uno solo: somos algo golosos y engullimos tres cada uno. Al salir del bar justificamos nuestra gula con un: “…y buah, no eran tan grandes y, aparte, si uno se come tres medialunas, ¿por qué no va a comer tres pasticcioti?”

La “ciudad blanca” y la capital de Puglia
Nuestro destino era Bari, capital de Puglia, situada sobre el Adriático. Nos desviamos un poco y paramos en Ostuni. La ciudad original había sido arrasada por Aníbal y sus ejércitos y reconstruida por los griegos con el nombre de Astu Néon (Pueblo Nuevo), italianizado en Ostuni. Grecia influyó en Puglia y en una pequeña comarca sigue usándose un antiguo dialecto, el Gryko, más griego antiguo que italiano actual. Al caer Roma en 996 DC, Ostuni fue ocupada por los normandos que construyeron un asentamiento medieval, que contribuyó a una integración de estilos. Hoy se la conoce como “la cittá bianca” (la ciudad blanca), por estar la mayoría de sus edificios, iglesias y monumentos pintados de un enceguecedor blanco, acentuado por el fuerte sol meridional, que algunos norteños llaman con cierto tonito irónico-prejuicioso “del Norte de África”. Seguimos hacia Bari, consagrada a San Nicola (San Nicolás). Cerca de allí se encuentra, encaramado en un acantilado, el pueblo de Polignano a Mare. Allí nació uno de los mayores “cantautori” italianos: Domenico “Mimmo” Modugno, inolvidable compositor e intérprete de “Nel blu di pinto di blu”, gran triunfador en el festival de San Remo.
Bari es la tercera ciudad más importante del Sur de Italia, tras Napoli y Palermo. Severa y con imponentes monumentos de estilo románico, merece ser conocida y recorrida con calma. Probablemente la Basílica de San Nicola y la Catedral de San Sabino sean lo más imprescindible de la Bari histórica, junto con su espectacular lungomare (costanera).
En nuestra breve visita descubrimos cómo detectar si alguien es auténticamente barese o si viene de otra región, provincia o ciudad. Si el interlocutor es barese purasangre, no pronunciará “Bari”, sino “Beri”, con una e muuuuuy abierta.

Insólitos: Alberobello y la “acuática” catedral de Trani
Cerca de Bari, se encuentra un pueblito entrañable, mágico y extraño de Italia. Es Alberobello, con sus típicas casas de planta circular y techos cónicos de lajas de pizarra, llamadas trulli. Pintadas a la cal, sus paredes cilíndricas resaltan debajo de los conos color gris pizarra, que funcionan también como chimenea para un hogar central a leña. Todas cuentan con típicas veletas con siluetas de aves de corral o animales mitológicos. Alberobello está rodeada por olivares y viñedos de singular belleza, delimitados por pircas de piedra. Uno no querría alejarse, pero el viaje debe proseguir. Regresamos a Bari al anochecer y salimos bien temprano hacia Trani, caracterizada por su catedral que parece surgir del mar del que emerge cual faro solitario e imponente. Seguimos hacia la Fortaleza de Castel del Monte, erigida por Federico II. Lo más admirable de esta inexpugnable fortaleza es su planta octogonal que permitía a sus defensores contar con fachadas y visión a 360 grados.
Tras un almuerzo lo más frugal posible -sin vino para sobrellevar mejor la modorra de la hora de la siesta- volvimos a la ruta.

Dos etapas muy diferentes
La próxima etapa tuvo un sentido muy diferente a las anteriores, centradas en lo paisajístico, histórico y arquitectónico. En este caso podríamos hablar más de una etapa de peregrinación y recogimiento. Visitamos San Giovanni Rotondo, epicentro de la obra que desarrolló el Padre Pío.
La tumba del Padre Pío, dentro de la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia (Santa Maria delle Grazie), fue diseñada por el genovés Renzo Piano y puede albergar a 6.500 personas sentadas y 30.000 personas de pie afuera. Hoy es el segundo lugar de peregrinaje más importante del mundo (luego de la Virgen de Guadalupe, en México), recibiendo 7 millones de peregrinos al año.
Era la quinta jornada de nuestro itinerario. Nos despertamos, otra vez muy temprano para aprovechar el día y vivir una experiencia imperdible, sólo comparable a la que nos había brindado Alberobello, aunque muy diferente. Llegamos a Matera para conocer sus típicos sassi (piedras) de la época troglodita que, probablemente, constituyeron el primer asentamiento humano en lo que hoy es Italia. Tan inusual es este lugar que la UNESCO lo ha declarado patrimonio de la humanidad. Los sassi de Matera incluyen cuevas cavadas en la roca en los tiempos más alejados, a las que se sumaron luego unas iglesias rupestres de singular atractivo. No se puede hablar de belleza en este reducto intacto del paleolítico: Matera ofrece una experiencia sobrecogedora que produce admiración y desconcierto a la vez y lleva a reflexionar sobre cómo vivieron nuestros prehistóricos ancestros y cómo evolucionamos. Tras visitar los sassi, uno no se va tal como llegó: se tarda en elaborar la experiencia y, mientras se reflexiona, no se intercambia palabra alguna. Después de mirar hacia afuera, es necesario mirar hacia adentro… Vale la pena apuntar que los sassi no se encuentran en Puglia, sino en la región colindante: Basilicata.

Orgullo enológico: una bodega familiar
Si bien en toda Italia la gastronomía ocupa un sitial de privilegio, en Puglia y las regiones que la rodean se palpa un orgullo y hasta un cariño por lo que puede considerarse típico y auténticamente local. No sólo se da esto con la gastronomía sino que también entre quienes producen su propio aceite de oliva y sus excelentes vinos. Es ilustrativa la anécdota de “orgullo enológico” que vivimos y se nos hizo memorable y emblemática.
Poco antes de rumbear hacia el aeropuerto, volar a Roma y regresar a las costas del Plata, nos habían llevado a conocer una renombrada bodega familiar. No hay visita a una bodega que se precie que no incluya una generosa cata de vinos para valorar la calidad del producto. No nos hicimos rogar -obviamente- y catamos, catamos y seguimos catando, cada vez un poco más alegres y livianos. En un momento dado, quien menos había catado cayó en la cuenta de que corríamos un serio riesgo de perder el vuelo a Roma y se lo manifestó en su mejor cocoliche al patriarca de la bodega. ¡No se lo hubiera dicho! El buen hombre -casi con lágrimas en los ojos- dijo que no podíamos irnos sin probar el mejor de sus vinos, el espumante, orgullo de la bodega. Nos disculpamos -con escasa convicción- aduciendo que perderíamos la conexión a Ezeiza. Su rostro se iluminó y nos dijo que no debíamos preocuparnos por algo tan nimio y acto seguido se comunicó con un influyente amigo en el aeropuerto para asegurarse de que el vuelo nos esperara… Tranquilizados, catamos las burbujas una por una, las encontramos maravillosas y no recordamos bien cómo, pero nos ajustamos los cinturones y despegamos hacia Roma.
Nunca sabremos si nuestro vuelo salió puntual. Lo que sí sabemos es que unas horas después ya estábamos sobrevolando el Mediterráneo, la proa del Boeing 777 ER apuntando al Río de la Plata… Cenamos y -visita a la bodega y cansancio mediante- sólo nos despertamos sobrevolando el sur de Brasil, la mañana siguiente.

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